sábado, 9 de mayo de 2015

Marianito y los cuentos de terror.

A Marianito le gustaba invitar a sus amiguitos a dormir.
Siempre llevaba papitas, gaseosas y películas de terror a la pieza, y cuando ellos se encontraban en un estado inicial de pánico, apagaba las luces y aullaba desde distintos puntos del cuarto. Marianito sentía una fascinación morbosa por verlos aterrados, era algo que estaba más allá de su comprensión. Sus padres casi nunca estaban, y las niñeras que solían transitar por su casa, le gritaban cuando tenían que socorrer a sus ocasionales compañeros de piyamada tras encontrarlos pálidos y temblorosos en medio de una crisis de llanto.
Marianito fue espaciando sus viernes de películas porque ya no tenía amiguitos dispuestos a ser traumatizados. En un par de ocasiones intentó hacer lo mismo con sus niñeras pero una de ellas, en una crisis de histeria, le golpeó el rostro de manera brutal y cuando sus padres descubrieron el hematoma se molestaron con él. No lo intentó más.
Después de un mes sin sesiones de terror, fijó su atención en la niña pálida que ayudaba a su madre en la atención de una verdulería en la esquina de su casa.
No le costó trabajo acercársele, siempre invitaba amigos varones pero imaginó que no habría obstáculos en llevar a una niña, un viernes a la noche.
Cuando se lo mencionó a sus padres se lo negaron rotundamente así que comenzó a idear la manera de asustarla... sin llevarla a dormir antes.
Cada mañana durante un mes, acompañó a sus niñeras hasta la verdulería y fraguo lenta y serenamente una buena amistad con la niña.
Se llamaba Rocita, tenía 10 años igual que él, odiaba la escuela igual que él, sentía antipatía por las comidas con acelga igual que él y... odiaba las películas de terror porque le causaban miedo.
Este detalle casi le provoca una erección y se sintió un tanto incómodo con eso.
Una noche se escapó de la niñera y se fue a conversar con ella. Eran las diez. La madre de la niña los vio sentados en la vereda y los dejó pasar el rato. Cerró la verdulería y entró dejando a la parejita, conversando debajo de un árbol.
Marianito le contaba historias de terror a Rocita y ella escuchaba atenta, con las manitas crispadas sobre la pollera. Bajo la luz de la luna se la notaba pálida y temblorosa.
Le contó que en noches como esa se escuchaban aullidos en el fondo de su casa y que sus padres se negaban a creer que algo vivía entre los limoneros y naranjos de su patio.
-Pedí permiso y vamos un rato a mi casa para que te muestre de donde vienen los ruidos.- propuso Marianito y Rocita lo miró un instante con el rostro blanco del susto, antes de entrar a preguntar si podía ir. Cuando salió cinco minutos después se la notaba nerviosa.
Entraron a la casa por el costado para que su niñera no se diera cuenta de que había huido hacía un buen rato. A tientas, en la oscuridad, se llegaron hasta el primer naranjo donde el niño escondía una linterna. El haz de luz iluminó poco. Había casi diez árboles cargados de frutos. Marianito señaló una zona oscura en el rincón izquierdo de la pared perimetral y le iluminó el rostro para mirarla.
-Ahí es donde se escuchan los aullidos, primero se sienten arañazos en la pared y después el llanto. Mi niñera cree que puede ser un perro, pero ninguno de mis vecinos tiene mascotas.
Rocita estaba agitada y tenía los ojos cubiertos de lágrimas.
-Vamos a ver que hay -instó Marianito tironeándola del brazo. La niña emitió un pequeño quejido.
-No- le dijo suavemente casi al borde del llanto.
-Vamos- volvió a insistir y esta vez le tomó de la mano obligándola a seguirlo.
Caminaron despacio hasta que quedaron a unos metros de la esquina oscura.
Se sintió el ruido de la cadena antes de que un perro enorme y negro casi les saltara encima ladrándoles.
Rocita pegó un alarido y Marianito retrocedió chillando fascinado.
El perro movía la cola feliz mientras ladraba.
El niño se dio media vuelta y la buscó. Ella estaba parada junto a un naranjo, apoyando la espalda en el tronco, con las manos adheridas a su vestido y el rostro casi azulado por el pánico.
Marianito se tomó de la panza y comenzó a reír a grandes carcajadas.
Rocita hiperventilaba.
Se dio cuenta de que a su amiga le pasaba algo extraño cuando un silbido comenzó a salir de su pechito mientras la caja torácica subía y bajaba de manera alarmante.
-Eh!- le gritó tratando de quitarle dramatismo a la situación y se le acercó.
Ella estaba con los ojos casi fuera de las órbitas, estática, intentando respirar.
-Rocita- le dijo él y le apoyó la mano en el hombro.
La niña pareció salir del trance y gritó aterrorizada abriendo la boca tan demencialmente que se escuchó cuando la mandíbula salió de su lugar y la comisura de los labios se rasgaron dejando escapar un hilo grueso de sangre.
Rocita se agarraba de la cabeza y se arrancaba mechones de pelo mientras daba alaridos que por ratos se confundían con un aullido animal.
Marianito retrocedió espantado.
La niña gritó hasta que el globo ocular derecho cayó dejando una cuenca vacía. Gritó mientras por entre las piernas se escapaba un chorro caliente de orina y el líquido cambiaba de color hasta ser un reguero de sangre que llegaba al suelo sin tocar su entrepierna.
Gritó hasta que el perro se ahorcó con la cadena mientras intentaba huir.
Gritó hasta que la lengua se le hinchó tanto que comenzó a reventar.
Gritó hasta que Marianito comenzó a convulsionar mientras escupía espuma espesa por la boca.
Rocita regresó a las 11 de la noche a su casa. Su madre la regañó por tardar tanto y su padre le preguntó porque le faltaba el ojo derecho.
-No me gusta que me cuenten cuentos de terror- le aclaró mientras recordaba que lo había levantado y estaba en su bolsillo izquierdo.
-Ya no quiero ser amiga de Marianito, me hace asustar- acotó al final, mientras lo ponía nuevamente en su cuenca.


Diana Beláustegui





1 comentario:

Richard Site dijo...

Buenísimo.
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